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lunes, 21 de enero de 2013

Diogenes de Sinope

Diógenes es el sabio cínico más cautivante, al punto que su figura se ha convertido en una leyenda. Vivía en un tonel. Su aspecto era descuidado y su estilo burlón. Era en extremo transgresor. Platón
 llegó a decir de él que era "un Sócrates que se había vuelto loco".
Nació en Sínope, en la actual Turquía, en el año 413 a.C. Por cuestiones económicas fue desterrado de su ciudad natal, hecho que tomó con cierta ironía: «Ellos me condenan a irme y yo los condeno a quedarse.» Fue así que anduvo por Esparta, Corinto  y Atenas.
En esta última ciudad, frecuentando el gimnasio Cinosargo, se hizo discípulo de Antístenes. 
A partir de entonces adoptó la indumentaria, las ideas y el estilo de vida de los cínicos. Vivió en la más absoluta austeridad y criticó sin piedad las instituciones sociales. Su comida era sencilla. Dormía en la calle o bajo algún pórtico. Se burlaba de los hombres cultos —que leían los sufrimientos de Ulises en la Odisea mientras desatendían los suyos propios— y de los sofistas y los teóricos —que se ocupaban de hacer valer la verdad y no de practicarla—. También menospreciaba las Ciencias (la Geometría, la Astronomía y la Música) que no conducían a la verdadera felicidad, a la autosuficiencia.
Sólo admitía tener lo indispensable. Cuentan que un día, viendo que un muchacho tomaba agua con las manos, comprendió que no necesitaba su jarro y lo arrojó lejos. En otra ocasión, cuando estaba en Corinto, el mismísimo Alejandro Magno se le acercó y le preguntó: «¿Hay algo que pueda hacer por ti?», a lo cual Diógenes le respondió: «Sí, correrte. Me estás tapando el sol.» 
En una oportunidad salió a una plaza de Atenas en pleno día portando una lámpara. Mientras caminaba decía: «Busco a un hombre.» «La ciudad está llena de hombres», le dijeron. A lo que él respondió: «Busco a un hombre de verdad, uno que viva por sí mismo [no un indiferenciado miembro del rebaño].»
Una vez, al ver cómo unos sacerdotes llevaban detenido a un sacristán que había robado un copón, exclamó: «Los grandes ladrones han apresado al pequeño.» Cuando necesitaba dinero para comprar comida, se lo reclamaba a alguno de sus amigos y, si éste se demoraba, le decía: «Te pido para mi comida, no para mi entierro.»
Durante un viaje en barco fue secuestrado por piratas y vendido como esclavo en Creta. Los vendedores le preguntaron para qué era hábil y él contestó: «Para mandar.» Lo compró Xeniades de Corinto y le devolvió la libertad convirtiéndolo en tutor de sus hijos.
Como vivía en la vía pública, algunos jóvenes solían acercársele para molestarlo. En más de una oportunidad tuvieron que alejarse corriendo porque Diógenes los atacaba a mordiscones, como un perro.
Al igual que su maestro Antístenes, Diógenes reconocía que era necesario entrenarse para adquirir la virtud, la impasibilidad y la autarquía. Y, como su maestro, tomaba como modelo a Hércules, quien vivió según sus propios valores. Se consideraba ciudadano del mundo y sostenía que un cínico se encuentra en cualquier parte como en casa.
Diógenes escribió varias obras, probablemente en forma de aforismos, que se han perdido.
Murió en Corinto en el año 327 a.C. Algunos afirman que se suicidó conteniendo el aliento; otros que falleció por las mordeduras de un perro; y otros que murió como consecuencia de una intoxicación por comer carne de pulpo cruda.

sábado, 19 de enero de 2013

La Parabola del Rio

Había una vez cinco hijos que vivían con su padre en un palacio en las montañas. El mayor era un hijo obediente, pero sus cuatro hermanos menores eran rebeldes. Su padre les advertía respecto al río, pero no escuchaban.
Un día tocaron el agua, la corriente los arrastró juntos y se los llevó río abajo. Las aguas finalmente los arrojaron en la orilla de una tierra extraña, en un país lejano y en un lugar desolado. Había salvajes en esa tierra.
—No debimos haber desobedecido a nuestro padre —admitieron—. Estamos muy lejos de casa. Cada noche encendían una fogata y contaban historias acerca de su padre y su hermano mayor.
Entonces, una noche, uno de ellos no apareció. Lo hallaron a la mañana siguiente en el valle con los salvajes.—Ya me cansé de nuestras charlas —les dijo—. ¿De qué sirve recordar? Voy a construir una gran casa y me estableceré aquí.
Algunos días más tarde un segundo hermano no apareció. Los hermanos lo hallaron en la falda de una colina contemplando la choza de su hermano.—¡Qué atrocidad! Nuestro hermano es un completo fracaso. ¿Pueden imaginar una acción más detestable? ¿Construir una choza y olvidarse de nuestro padre? Nuestro padre se olvidará de nuestro pecado y lo castigará a él.
Los dos hijos restantes se quedaron cerca al fuego. Entonces, al despertar una mañana, el hijo menor descubrió que estaba solo. Buscó a su hermano y le halló cerca del río apilando piedras.—Es inútil. Papá no vendrá a buscarme. Solo hay una alternativa. Construiré un sendero junto al río, para regresar e ir hasta la presencia de nuestro padre. Cuando él vea lo duro que he trabajado y lo diligente que he sido, no tendrá otra alternativa que abrirme la puerta y permitirme entrar a casa.
El último hermano no supo qué decir. Regresó a sentarse junto al fuego, solo. Una mañana oyó una voz familiar detrás de él.—Papá me ha mandado a que te lleve a casa.El hijo más joven levantó sus ojos para ver la cara de su hermano mayor.—¡Viniste a buscarnos! —exclamó. Por largo rato los dos se abrazaron.—¿Y tus hermanos? —finalmente preguntó el mayor.—Uno construyó una casa aquí. Otro lo está vigilando. El tercero está haciendo un sendero río arriba.
Y así el primogénito se dispuso a buscar a sus hermanos. Primero fue a la choza de techo de paja en el valle.—¡Fuera de aquí, extraño! —gritó el hermano por la ventana—He venido para llevarte a casa.—No es cierto. Has venido para quitarme mi mansión.—Esto no es ninguna mansión —replicó el primogénito—. Es una choza.—¡Es una mansión! La mejor de todo el valle. La hice con mis propias manos. Ahora, fuera de aquí. No puedes apoderarte de mi mansión.
El primogénito buscó al siguiente hermano. No tuvo que andar mucho. Cuando vio que el primogénito se acercaba, le gritó:—¡Qué bueno que viniste para observar los pecados de nuestro hermano! ¿Te das cuenta de que le ha vuelto la espalda al palacio? ¿Te das cuenta de que nunca habla de casa? ¡Castígale! ¡Se lo merece! Enfrenta los pecados de nuestro hermano.—Tenemos que enfrentar primero los tuyos —dijo el primogénito con dulzura.—Mis pecados son nada. "Allí" está el pecador —exclamó señalando la choza—. Déjame contarte de los salvajes que se quedan allí…—Prefiero que me hables de ti.—No te preocupes por mí. Déjame mostrarte quién necesita ayuda
Luego, el hijo mayor se dirigió al río. Allí, halló al último hermano que estaba metido hasta las rodillas en el agua apilando piedras.—Papá me ha enviado para que te lleve a casa.—No puedo hablar ahora. Tengo que trabajar —dijo el hermano sin siquiera levantar la vista. __le mostraré que valgo la pena. Luego le pediré su misericordia.—Él ya te ha dado su misericordia. Te llevaré río arriba.—¡Cómo te atreves a hablar con tanta irreverencia! Mi padre no va a perdonar con tanta facilidad.¡He pecado grandemente!—No, hermano mío, no necesitas trabajar mucho. Necesitas mucha gracia. La distancia entre tú y la casa de nuestro padre es demasiado grande. No tienes suficiente fuerza ni piedras para construir el camino.—Sé quién eres. Eres la voz del mal. Tratas de seducirme y alejarme de mi trabajo sagrado. ¡Aléjate de mí, víbora! —respondió y le lanzó al primogénito la piedra que estaba a punto de colocar en el río.El primogénito sacudió su cabeza.—*"Favor ganado no es favor. Misericordia ganada no es misericordia"*.
De modo que el primogénito se dio vuelta y se alejó. El hermano menor lo estaba esperando junto a la fogata cuando el primogénito regresó.—¿Los otros no vinieron?—No. Uno decidió divertirse, el otro juzgar y el tercero trabajar. Ninguno escogió a nuestro padre.—¿Y nosotros regresaremos al Padre? —preguntó el hermano.—Sí.—¿Me perdonará?—¿*"Me hubiera enviado si así no fuera?"*Y así el hermano más joven se subió a la espalda del primogénito y emprendió el camino hacia el hogar.


*"1."**"El hedonista construyechozas"**"Romanos 1.18–32"*¿Puedes relacionar al construyechozas? Antes que anhelar su hogar se contentó con una choza. La meta de su vida es el placer.El hedonista *"navega su vida como si no hubiera padre"* en el pasado, presente o futuro. Una vez quizás hubo un padre en algún punto de un pasado distante, pero ¿qué del aquí y el ahora? El hijo vivirá sin él. En un lejano futuro podrá haber un padre que vendrá y lo reclamará. Pero, ¿qué en cuanto a hoy? El hijo forjará solo su vida. En lugar de aprovechar el futuro se contenta con aprovechar el día.Pablo tenía en mente a tal persona cuando dijo": «*Cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles… honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador*»" (Ro.1:23, 25). Los hedonistas hacen*"canjes calamitosos"*; *"cambian mansiones por chozas"* y a su hermano por un extraño. Cambian la casa de su padre por un tugurio en una colina y echan fuera al hijo.
*"2."**"El criticón buscafaltas"****"Romanos 2.1–11"***El método del segundo hijo fue sencillo: *"«¿Por qué lidiar con mis errores cuando puedo concentrarme en las faltas de otros?"*»Es un criticón. *"Tal vez sea malo, pero siempre que pueda hallar a alguien peor, estoy seguro"*"." Alimenta su bondad con los fracasos de otros. Pero Dios no le sigue al valle. *"«Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo"*» ( Ro.2:1 ). Es una patraña superficial y Dios no se va a dejar engatusar por ella.
*"3."**"El legalista amontonapiedras"****"Romanos 2.17–3.20"***Aquí tenemos un hombre que ve su pecado y decide resolverlo él mismo. No cabe duda de que el padre se alegrará al verle. Es decir, si el padre llegara a verlo.Como ves, *"el problema no es el afecto del padre, sino la fuerza del río."* *"¿Es el hijo lo bastante fuerte como para construir un sendero río arriba hasta la casa del padre?"*Lo dudo. Estoy seguro de que no podemos. «*"No hay justo, ni aun uno"*» (Ro. 3:10). Ah, pero lo intentamos. Pensamos:"Si hago esto Dios me aceptará.""Si enseño esta clase…" y levantamos una piedra."Si voy a la iglesia…" y ponemos la piedra en el agua."Si doy esta ofrenda…" otra piedra."Si aguanto otro libro de Lucado…" diez piedras grandes."Si leo mi Biblia, si tengo la opinión acertada respecto a la sana doctrina, si me uno a este movimiento…" piedra, sobre piedra, sobre piedra.¿El problema? *Da cinco pasos, pero tendrás cinco millones más que dar*. El río es demasiado largo. Lo que nos separa de Dios no es un arroyuelo poco profundo, sino un agitado, caudaloso y aplastante río de pecado.

Vaya trío, ¿no te parece?*"El primero en el mostrador de la cantina."**"El segundo en la silla del juez."**"El tercero en la banca de la iglesia."*Aun cuando pueden parecer diferentes, se parecen mucho. *"Todos están separados del Padre. Ninguno pide ayuda"*. El primero da rienda suelta a sus pasiones, el segundo vigila a su prójimo y el tercero mide sus méritos.*Autosatisfacción. Autojustificación. Autosalvación"."* La palabra operativa es "auto."Autosuficientes. «No les importa Dios ni lo que Él piense de ellos»
La palabra que Pablo usa es "impiedad" ( Romanos 1.18 ). "Impiedad." La palabra se define sola. Una vida sin Dios. *"Peor que desdeñar a Dios, es descartarlo"*.
¿Cómo responde Dios a la vida impía? No lo hace frívolamente. «*"La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad"*» ( Romanos 1.18 ). El punto principal de Pablo no es simple. Dios está justamente airado por las acciones de sus hijos.
A la larga, nos dirá que todos somos candidatos de la gracia, pero no sin antes demostrar que todos somos desesperadamente pecadores. Tenemos que ver el desastre que somos antes de que podamos apreciar al Dios que tenemos. Antes de presentar la gracia de Dios, debemos comprender la ira de Dios.

‘EN MANOS DE LA GRACIA’ -Max Lucado

viernes, 18 de enero de 2013

Hachiko, La Pelicula

He visto que el blog anterior sobre este noble perro, ha sido muy visto, asi que a modo de muestra un pedazo de la pelicula americana, las cual es muy fiel a la historia contada, si quieren verla completa pueden buscarla en youtube.com

Espero lo disfruten es muy emotiva y hermosa.

jueves, 17 de enero de 2013

Hachiko, el perro fiel

Hachikō nació en una granja cerca de la ciudad de Odate
, en la Prefectura de Akita
[1]

A principios de 1924, Eisaburō Ueno
, profesor del Departamento de Agricultura en la Universidad de Tokio
, lo compró para regalárselo como mascota a su hija adolescente. Hachikō fue enviado dentro de una caja desde la prefectura de Akita hasta la estación de Shibuya
 (un viaje de dos días en un vagón de equipaje). Cuando los sirvientes del profesor lo fueron a retirar, creyeron que el perro estaba muerto.
Sin embargo, cuando llegaron a la casa, el profesor le acercó al perro un vaso con leche y este se reanimó. El profesor lo recogió en su regazo y notó que las patas delanteras estaban levemente desviadas, por lo que decidió llamarlo "Hachi" (‘ocho’ en japonés), por la similitud con el "kanji
"(letra japonesa) que sirve para representar al número ocho (八).
La hija del profesor abandonó la casa paterna al quedar embarazada y casarse para irse a vivir a la casa paterna de su esposo. El profesor pensó en regalar a Hachi a otra persona, pero pronto se encariñó con el perro, que lo adoraba enérgicamente.
El perro lo despedía todos los días en la puerta de su casa, cuando Ueno iba al trabajo, y al final del día volvía a la estación a recibirlo. Esta rutina, que pasó a formar parte de la vida de ambos, no fue inadvertida ni por las personas que transitaban por el lugar ni por los dueños de los comercios de los alrededores.

Esta rutina continuó sin interrupciones hasta el 21 de mayo
 de 1925
, cuando el profesor Ueno sufrió una hemorragia cerebral
 mientras daba sus clases en laUniversidad de Tokio
, y murió. Esa tarde Hachikō corrió a la estación a esperar la llegada del tren de su amo, y no volvió esa noche a su casa. Se quedó a vivir en el mismo sitio frente a la estación durante los siguientes 9 años de su vida. Conforme transcurría el tiempo, Hachikō comenzó a llamar la atención de propios y extraños en la estación; mucha gente que solía acudir con frecuencia a la estación habían sido testigos de cómo Hachikō acompañaba cada día al profesor Ueno antes de su muerte. Fueron estas mismas personas las que cuidaron y alimentaron a Hachi durante ese largo período.[2]

La devoción que Hachikō sentía hacia su amo fallecido conmovió a los que lo rodeaban, quienes lo apodaron
 "el perro fiel".
En abril de 1934
, una estatua
 de bronce fue erigida en su honor en la estación Shibuya
, y el propio Hachikō estuvo presente el día que se inauguró.
El 8 de marzo de 1935, Hachikō fue encontrado muerto frente a la estación de Shibuya, tras esperar infructuosamente a su amo durante nueve años.[1]

Al lado de la tumba del profesor Ueno, en el Cementerio de Aoyama, Minmi-Aoyama, Minato-Ku, Tokio se construyó un monolito con su nombre.
Cuando se le hizo una autopsia
 (para realizar su taxidermia
) en su estómago se encontraron cuatro varitas utilizadas para los "yakitori
" (pinchos o brochetas de pollo ensartado), pero estas varitas no habían dañado la mucosa del estómago, por lo que no fueron la causa de su muerte. Las causas de la muerte de Hachiko se consideraron desconocidas, hasta que en marzo de 2011 se determinaron definitivamente: el perro había sufrido un cáncer terminal y unafilariasis
 (infección de gusanos) en el corazón.[1]

El cuerpo de Hachikō fue disecado y guardado en el Museo de Ciencias Naturales del distrito de Ueno
 (Tokio).[3]

Nueve años después (1944) ―en el marco de la Segunda Guerra Mundial
―, la estatua de bronce de Hachikō se tuvo que fundir para fabricar armas. Pero en agosto de 1947
 ―dos años después de la finalización de la guerra―, se erigió otra estatua de bronce, que aún permanece y es un lugar de encuentro extremadamente popular, tanto que en ocasiones la aglomeración de gente dificulta el encuentro.
El 8 de marzo de cada año se conmemora a Hachikō en la plaza frente a la estación de trenes de Shibuya.[1]

También hay una estatua similar delante de la estación de trenes de la ciudad deOdate
 (en cuyas cercanías nació Hachiko.
La imagen que ven es el cuerpo disecado de Hachiko en la universidad de Tokyo.

Un Amor Inagotable

Hagamos un inventario. Pasemos revista a nuestras relaciones. Piensa por un momento en la gente que te rodea. Si quieres anotar nombres en el margen, adelante. Tu esposo, esposa, hijos, maestros, amigos, padres, compañeros de trabajo. Piensa un momento. ¿Quiénes son las personas que componen tu mundo?
A medida que van surgiendo los nombres, permíteme susurrarte un recordatorio. ¿No son valiosos? ¿No son algo esencial? ¿No vale la pena hacer lo que sea para cuidar esas relaciones? Por supuesto que la gente puede ser difícil. Pero aun así ¿qué es más importante que la gente?
Considéralo de esta manera. Cuando llegues al final de tu vida, ¿qué es lo que vas a desear? Cuando la muerte te extienda sus manos, ¿dónde vas a buscar aliento? ¿Vas a abrazar ese título universitario que está en el marco de madera? ¿Vas a pedir que te lleven al garaje para sentarte en el coche? ¿Crees que te consolará releer tu estado financiero? Seguro que no. Lo que nos va a importar será la gente. Entonces, si las relaciones van a ser tan importantes en ese momento, ¿no nos deberían importar ahora?
¿Qué puedes hacer para fortalecerlas? Hagamos nosotros un inventario de nuestros corazones. ¿Estoy viviendo en la corriente del amor de Dios? ¿Hasta qué punto amo a la gente que hay en mi vida? ¿La forma en que trato a la gente refleja la forma en que Dios me ha tratado?
No siempre es fácil amar a la gente. Este es un tema serio. No es fácil amar a los que nos han causado ataques al corazón, abuso, rechazo o soledad. Algunos se preguntan cómo pueden llegar a amar a la gente que tanto daño les ha causado. Entonces, ¿qué puedes hacer?
La sabiduría convencional dice que la falta de amor implica falta de esfuerzo, así que tratamos con más ahínco y nos esforzamos más. Pero, ¿acaso la falta de amor podría implicar algo más? ¿No será que nos estamos saltando un paso? ¿Un paso fundamental? ¿Será que estamos tratando de dar lo que no tenemos? ¿Estamos olvidando recibir primero?
La mujer de Capernaum no lo olvidó. ¿Recuerdas cómo le prodigó amor a Cristo? Le lavó los pies con lágrimas. Se los secó con el cabello. Si el amor fuera una cascada, ella sería el Niágara. El amor de Dios alcanza el estándar de nuestro pasaje final. Pablo dice: «El amor nunca deja de ser» (1 Co.13.8).
El verbo que usa Pablo para la frase dejar de ser se emplea en otro contexto para describir cuando una flor cae al suelo, se marchita y se descompone. Lleva implícito el significado de muerte y anulación. El amor de Dios, según el apóstol, nunca se caerá al suelo, se marchitará ni se descompondrá. Por su naturaleza, es algo permanente. Nunca desaparecerá. El amor nunca deja de ser. Los gobiernos van a caer, pero el amor de Dios durará por siempre. Las coronas son temporales, pero el amor es eterno. Tu dinero se acabará, pero su amor no.
¿Cómo Dios tiene un amor como este? Nadie tiene un amor infalible. Ninguna persona puede amar de forma perfecta. Tienes razón. Nadie puede hacerlo. Pero Dios no es una persona. A diferencia de nuestro amor, el suyo nunca termina. Su amor es completamente diferente al nuestro.
Nuestro amor depende de quién es el receptor. Si mil personas nos pasaran por delante, no sentiríamos lo mismo por todos. Nuestro amor está regulado su aspecto físico y su personalidad. Incluso si llegamos a conocer a gente que sea parecida a nosotros, nuestros sentimientos fluctúan. Según nos traten, así los amaremos. El receptor regula nuestro amor.
Con el amor de Dios no pasa esto. No tenemos ningún efecto en su termómetro de amor para nosotros. El amor de Dios le nace de adentro; no depende de lo que vea en nosotros. Es un amor sin causa y espontáneo. Como dijo una vez Charles Wesley: «Nos amó. Nos amó. Porque no podría haber hecho otra cosa».
¿Nos ama por nuestra bondad? ¿Por nuestra amabilidad? ¿Por nuestra gran fe? No, nos ama por su bondad, su amabilidad, su gran fe. Juan lo plantea así en 1 Jn.4.10.
¿No te alienta saber esto? El amor de Dios no depende de tu amor. La cantidad de tu amor no hace que el suyo aumente. Tu falta de amor no hace que disminuya. Tu bondad no eleva su amor, ni tu debilidad lo diluye. Dios nos dice lo mismo que Moisés le dijo a Israel en Dt.7.7–8.
(CONTINÚA…)
Extracto del libro “Un Amor Que Puedes Compartir”
Por Max Lucado

miércoles, 16 de enero de 2013

EL CUARTO REY MAGO

Se cuenta en una leyenda antigua rusa que fueron cuatro reyes magos que luego de haber visto la estrella de navidad en el cielo oriente, partieron todos juntos llevando los regalos para el hijo de Dios, aparte de oro, incienso y mirra, el cuarto rey mago llevaba vino y aceite en gran cantidad todo sobre sus burritos en una apariencia humilde.
Después de varios días atravesaban el desierto cuando una tormenta de arena los agarro. Todos desmontaron y se cubrieron con sus mantos colores variados como mejor pudieron soportando el temporal refugiados detrás de los camellos que estaban arrodillados sobre la arena. A diferencia de los otros tres reyes magos, el cuarto rey mago no tenía camellos solo burros, y en la tormenta divisó una choza en la cual busco amparo, a duras penas logro meter sus animalitos en el corral de pirca y espero a que se calme el mal tiempo.
Ya en la mañana se había calmado el clima y los viajeros se prepararon para seguir con la marcha, sin embargo el pastor dueño de la choza que había acogido al cuarto rey mago se encontraba en problemas, pues la tormenta había dispersado sus ovejas que escaparon en el desierto. El pobre pastor no tenía cabalgadura ni fuerzas por la edad para cumplir esta tarea.
Entonces es aquí cuando el cuarto rey mago entra en un dilema, si ayudaba al pastor a reunir sus ovejas se retrasaría y no podría seguir con sus compañeros. El camino era difícil de seguir y la estrella de navidad no estaría ahí por siempre pero su buen corazón le decía que no podía dejar a este viejo pastor que lo había acogido. ¿Con que cara se presentaría ante el mesías sino ayudaba a su prójimo?
Decidió quedarse a ayudar al anciano y demoro una semana en volver a reunir todo el rebaño, calculando el tiempo y la distancia de la caravana se dio cuenta que sus camaradas estaban demasiado lejos, además su aceite y vino disminuyo en estos días al haberlo compartido con el anciano, pero no se amilano. Se despidió y poniéndose en marcha acelero el paso de sus burritos para acortar la distancia. Luego de mucho viajar sin un rumbo definido llego a un lugar donde vivía una madre con muchos niños pequeños y la cual tenía un esposo que estaba muy enfermo. Era el tiempo de la cosecha y si no se recogía la cebada las aves y el viento acabarían con los granos que ya estaban maduros.
Es así que el cuarto rey mago se encontró a un nuevo dilema, si se quedaba a ayudar a esta familia campesina el tiempo perdido seria tal que tendría que hacerse a la idea de que no encontraría su caravana, pero por otro lado si no lo hacía ¿cómo tendrían pan para el resto del año, la madre , el enfermo y los niños?.
No tenía corazón para presentarse ante el mesías si no era capaz de ayudar a sus hermanos en tiempos de necesidad, así que se demoró varias semanas hasta lograr recoger todo el grano, pero así su vino y aceite disminuyo más al ser compartido con esta familia.
Para este momento la estrella de navidad ya había desaparecido, tenía solo la dirección del recorrido y las huellas que desaparecía de la caravana de sus compañeros. Sin embargo en el camino que siguió encontró nuevos retrasos por muchos hermanos necesitados y en el cual ayudo a cada uno de ellos en diferentes circunstancias. Pasaron casi dos años para cuando llego a Belén, mas al llegar el recibimiento que encontró era de lo más desolador, llantos gritos y angustia se escuchaba por doquier, madres envuelta en la sangre de sus hijos que los llamaban sin encontrar respuesta, una orden del Rey del lugar decreto que los niños debían ser asesinados. El pobre rey no entendía nada, solo se limitó a andar por esas tristes calles preguntando por el rey mesías, mas todos lo miraban desolados pidiendo que por favor se fuera, en ese trajín alguien le dijo que esa misma noche el mesías había huido hacia Egipto.
Quiso seguir su viaje pero no pudo, su corazón no le dejo irse, Belén era una desolación, alguien debía consolar a las madres, enterrar a sus hijos, curar las heridas de quienes intentaron impedir los asesinatos, vestir a los desnudos y demás. Estuvo mucho tiempo ahí gastando su aceite y vino, además regalo algunos de sus animales porque ya su carga se había acabado; además aquellas personas estaban más necesitados que él.
Cuando se dispuso a seguir su camino rumbo a Egipto, había pasado ya mucho tiempo, también su tesoro había disminuido, pero pensó que si alguien comprendería este trajín seria el rey mesías ya que lo había hecho por sus hermanos.
En este nuevo viaje tampoco tuvo momentos sin novedad, nuevas personas necesitadas, angustiadas sin consuelo se aparecían y como antes no les pudo decir que no. Siempre tuvo miedo por la tardanza en la que se encontraba pero no podía contra su buen corazón, su único consuelo era que si alguien podía entender este retraso de años era el rey mesías.
Cuando llego a Egipto se enteró que ya Jesús no se encontraba ahí, había vuelto hacia Nazaret ya que en sueños José había recibido la noticia de que ya estaba muerto quien quería muerto a Jesús.
Aunque le entristeció esta nueva noticia a nuestro rey mago, no lo desánimo y decidido a encontrar al mesías, continuo su búsqueda a pesar de sus retrasos y fracasos, ya no tenía la cantidad de burros con la que empezó su viaje y sus tesoros fueron desapareciendo con el paso del tiempo pues las necesidades de los demás retrasaban su marcha por donde fuere, así pasaron 30 años, siguiendo las huellas de quien nunca había visto y por quien había gastado su vida en su búsqueda.
Se enteró de que había ido a Jerusalén y que allí moriría. Esta vez decidió encontrarlo como fuera, ensillo el último burro que tenía, cargo la última porción de vino y aceite, con las únicas 2 monedas de plata que le quedaba de su tesoro inicial partió de Jericó subiendo hacia Jerusalén. En el camino confirmo con un levita y a un sacerdote que le adelantaron, si ese era el camino, así se hizo de noche cuando andando un poco más escucho unos quejidos en la vera de la ruta. Al parecer los que lo adelantaron no se detuvieron a ver de quien se trataba, pensó en seguir como lo hubieran hecho el levita y el sacerdote, más de nuevo lo detuvo su corazón.
Se bajó del burro y se dirigió dónde venían los quejidos, descubrió a un hombre que había sido herido y asaltado; sin pensarlo dos veces con el poco vino que le quedaba limpio las heridas al hombre, con el aceite unto las lastimaduras y lo vendo con su propia ropa la cual desgarro a modo de vendas, lo subió a su burrito y desvió su rumbo hasta una posada donde paso la noche cuidándolo. Por la mañana se dirigió al dueño del albergue al cual le entrego las 2 monedas de plata diciéndole que es para cuidados y gastos del hombre herido, también dejo su burrito y si hubiera algún gasto más él le pagaría al regresar.
Así siguió a pie un largo camino, solo, viejo y cansado, cuando llego a Jerusalén no tenía ya fuerzas que le quedaran para sí, era un mediodía de un viernes antes de la fiesta de la pascua. La gente estaba que comentaba un suceso en la ciudad, al parecer algo había pasado, escucho entonces de los que venían del Gólgota comentarios sobre el mesías, que se encontraba agonizando en la cruz. Con las últimas fuerzas que le quedaban se dirigió hacia ahí casi desfalleciente cargando sobre sus hombros una cruz hecha de años de búsqueda, de caminos de desilusión y ahora de pena por saber que la persona por la que viajo se encuentra sufriendo por causa de sus hermanos.
Cuando llego a rastras dirigió su mirada hacia el agonizante, sin saber a ciencia cierta que decir y casi suplicando le dijo:
-          Perdóname. Llegue demasiado tarde.

Desde la cruz se escuchó una voz que le dijo:
-          Hoy estarás conmigo en el paraíso…

martes, 15 de enero de 2013

San Francisco y el Lobo de Gubbio

En el tiempo en que San Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la comarca un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad. Todos iban armados cuando salían de la ciudad, como si fueran a la guerra; y aun así, quien topaba con él estando solo no podía defenderse. Era tal el terror, que nadie se aventuraba a salir de la ciudad.
San Francisco, movido a compasión de la gente del pueblo, quiso salir a enfrentarse con el lobo, desatendiendo los consejos de los habitantes, que querían a todo trance disuadirle. Y, haciendo la señal de la cruz, salió fuera del pueblo con sus compañeros, puesta en Dios toda su confianza. Como los compañeros vacilaran en seguir adelante, San Francisco se encaminó resueltamente hacia el lugar donde estaba el lobo. Cuando he aquí que, a la vista de muchos de los habitantes, que habían seguido en gran número para ver este milagro, el lobo avanzó al encuentro de San Francisco con la boca abierta; acercándose a él, San Francisco le hizo la señal de la cruz, lo llamó a sí y le dijo:
-- ¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie.
¡Cosa admirable! Apenas trazó la cruz San Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló en estos términos:
-- Hermano lobo, tú estás haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos males, maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso; y no te has contentado con matar y devorar las bestias, sino que has tenido el atrevimiento de dar muerte y causar daño a los hombres, hechos a imagen de Dios. Por todo ello has merecido la horca como ladrón y homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer las paces entre tu y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres y perros.
Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco. Díjole entonces San Francisco:
-- Hermano lobo, puesto que estás de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo hacer que la gente de la ciudad te proporcione continuamente lo que necesitas mientras vivas, de modo que no pases ya hambre; porque sé muy bien que por hambre has hecho el mal que has hecho. Pero, una vez que yo te haya conseguido este favor, quiero, hermano lobo, que tú me prometas que no harás daño ya a ningún hombre del mundo y a ningún animal. ¿Me lo prometes?
El lobo, inclinando la cabeza, dio a entender claramente que lo prometía. San Francisco le dijo:
-- Hermano lobo, quiero que me des fe de esta promesa, para que yo pueda fiarme de ti plenamente.
Tendióle San Francisco la mano para recibir la fe, y el lobo levantó la pata delantera y la puso mansamente sobre la mano de San Francisco, dándole la señal de fe que le pedía. Luego le dijo San Francisco:
-- Hermano lobo, te mando, en nombre de Jesucristo, que vengas ahora conmigo sin temor alguno; vamos a concluir esta paz en el nombre de Dios.
El lobo, obediente, marchó con él como manso cordero, en medio del asombro de los habitantes. Corrió rápidamente la noticia por toda la ciudad; y todos, grandes y pequeños, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, fueron acudiendo a la plaza para ver el lobo con San Francisco. Cuando todo el pueblo se hubo reunido, San Francisco se levantó y les predicó, diciéndoles, entre otras cosas, cómo Dios permite tales calamidades por causa de los pecados; y que es mucho más de temer el fuego del infierno, que ha de durar eternamente para los condenados, que no la ferocidad de un lobo, que sólo puede matar el cuerpo; y si la boca de un pequeño animal infunde tanto miedo y terror a tanta gente, cuánto más de temer no será la boca del infierno. «Volveos, pues, a Dios, carísimos, y haced penitencia de vuestros pecados, y Dios os librará del lobo al presente y del fuego infernal en el futuro.»
Terminado el sermón, dijo San Francisco:
-- Escuchad, hermanos míos: el hermano lobo, que está aquí ante vosotros, me ha prometido y dado su fe de hacer paces con vosotros y de no dañaros en adelante en cosa alguna si vosotros os comprometéis a darle cada día lo que necesita. Yo salgo fiador por él de que cumplirá fielmente por su parte el acuerdo de paz.
Entonces, todo el pueblo, a una voz, prometió alimentarlo continuamente. Y San Francisco dijo al lobo delante de todos:
-- Y tú, hermano lobo, ¿me prometes cumplir para con ellos el acuerdo de paz, es decir, que no harás daño ni a los hombres, ni a los animales, ni a criatura alguna?
El lobo se arrodilló y bajó la cabeza, manifestando con gestos mansos del cuerpo, de la cola y de las orejas, en la forma que podía, su voluntad de cumplir todas las condiciones del acuerdo. Añadió San Francisco:
-- Hermano lobo, quiero que así como me has dado fe de esta promesa fuera de las puertas de la ciudad, vuelvas ahora a darme fe delante de todo el pueblo de que yo no quedaré engañado en la palabra que he dado en nombre tuyo.
Entonces, el lobo, alzando la pata derecha, la puso en la mano de San Francisco. Este acto y los otros que se han referido produjeron tanta admiración y alegría en todo el pueblo, así por a devoción del Santo como por la novedad del milagro y por la paz con el lobo, que todos comenzaron a clamar al cielo, alabando y bendiciendo a Dios por haberles enviado a San Francisco, el cual, por sus méritos, los había librado de la boca de la bestia feroz.
El lobo siguió viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las casas, nunca le ladraban los perros. Por fin, al cabo de dos años, el hermano lobo murió de viejo; los habitantes lo sintieron mucho, ya que, al verlo andar tan manso por la ciudad, les traía a la memoria la virtud y la santidad de San Francisco.
En alabanza de Cristo. Amén.